Raimundo Viejo Viñas

Diputat d'En Comú Podem per Barcelona

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[ es ] El poder de los constituyentes


Publicado en el portal digital del periódico Diagonal (26.10.2015)

Valencia

Desde hace unos años el diccionario político catalán se ha visto condicionado por la importancia creciente del significante “proceso constituyente”. Lejos de atender a las discontinuidades propias del momento, el discurso ha persistido en las falacias que se derivan de pensar lo político desde la moderna soberanía estatal en un mundo en que esta se diluye. No es sorprendente, pues, que haya acabado por aparecer el ‘procesismo’: la ideología justificativa del proceso constituyente del Estado-nación.

El procesismo se funda en la ficción resolutiva; esa estructura narrativa que informa el relato occidental desde los inicios de la novela, como poco, y que se compone de trama, nudo y desenlace. El problema es que cuando el desenlace prometido no se ajusta a las condiciones de posibilidad que prefiguran las relaciones de poder efectivas, sólo existe una manera de seguir adelante; a saber: inventar un nudo aún más intrincado que preconice un desenlace de mayor dramatismo. Se llega así a la independencia que no llega.

El procesismo se ajusta bien a esta idea. Se inscribe en una concepción teleológica de la historia por la que para poder ser libre, todo pueblo está abocado a devenir Estado. Para superar los nudos de la historia siempre habrá que aumentar al máximo el objetivo final. Así, cuando se sigue la evolución histórica del catalanismo, se observa como las crisis sucesivas del Estado se encuentran en la base del incremento de expectativas del relato nacionalista: del regionalismo al autonomismo y de este al independentismo. Con las crisis de los sucesivos regímenes –II República, Franquismo, Estado de las autonomías– las exigencias de autogobierno han aumentado hasta llegar a la resolución definitiva: la independencia.

Bajo esta perspectiva, el ejercicio del derecho a decidir no sería una forma de resolución radicada en la indeterminación democrática de las eventuales soluciones a problemas políticos –grado de autogobierno, encaje territorial, política de reconocimiento, etc. –. Al contrario, el ejercicio de tal derecho por medio de un referéndum resultaría, en rigor, contigente al desenlace histórico de la tragedia acaecida en 1714 en su larga sucesión de tramas, nudos y desenlaces hasta la plenitud nacional –la fully-fledged Nation de Hroch–.

La interpretación por una mayoría de la existencia de una voluntad mayoritaria sería así suficiente para transformar cualquier votación en un nuevo demos libre que sólo precisaría —para efectuar su propio designio histórico— de la ‘desconexión’ –eufemismo procesista para independizar que se deriva de la incapacidad para hacer efectiva una decisión debido a la falta de soberanía–. Este, que no otro, es el fundamento de la “declaración unilateral de independencia” en la que se ha entrampado el catalanismo mayoritario.

El unilaterialismo ha llegado a un callejón sin salida. El desenlace propuesto es incongruente con el nudo de las relaciones de poder efectivas –ausencia de alianzas estatales, retraso de la ruptura constituyente en el resto del Estado, etc. –. Se ha querido ‘saltar pantalla’ —dice la jerga procesista—. Por eso, la noche del 20D los partidos independentistas no pudieron expresar otra cosa que impotencia ante su incapacidad para salir de su particular ‘día de la marmota’.

Por el contrario, la opción ganadora en las elecciones, En Comú Podem, ganó gracias a la apuesta inequívoca por el referéndum como salida a la situación creada tras las autonómicas en el seno del Procès. Dicha apuesta ha sido formulada en el marco de una serie de acuerdos electorales —“confluencias”— con otros actores nacidos del reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado.

Frente al solipsismo unilateralista, se opera en el discurso de Podemos y sus confluencias el desplazamiento al terreno de una procedimentalidad que, por democrática, no prefigura solución alguna —en las confluencias hay, de hecho, independentistas y a buen seguro entre sus votantes se cuentan por miles—. Al proceder así amplia el campo y potencia del bloque antihegemónico, avanzando en la ruptura constituyente. A nosotros de efectuar su potencia.

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