Raimundo Viejo Viñas

Autor, profesor, editor, teórico, ciudadano activo, papá y mucho más.

May

11

#TPL1 Mutación de subjetividad e hipótesis lisérgica


A lo largo de la historia, no ha habido cambio emancipador que no haya supuesto una mutación de subjetividad. A fin de liberarse de las estructuras de dominación, quienes se han encontrado “sujetos” a unas relaciones de poder han tenido siempre que acometer una ruptura con el marco mental en que vivían con la subjetividad sobre la que se re/producía la relación de dominación que les subordinaba.

En nuestros días, el teórico británico Mark Fisher ha sido uno de los que mejor ha comprendido esta cuestión al acuñar su concepto de “realismo capitalista”. El mayor logro del neoliberalismo –nos recuerda– ha sido hacer creer que es la única opción posible; algo que Margaret Thatcher acuñó con el célebre principio TINA (acrónimo de There Is No Alternative: “no hay alternativa”). La Dama de Hierro era bien consciente de ello cuando, al ser preguntada por cuál consideraba que era su mayor logro, respondió: Tony Blair. Haber logrado que el adversario no pudiese siquiera imaginar una opción fuera de su marco interpretativo era su victoria definitiva.

En el sentido opuesto, para poder siquiera aspirar a derrotar al neoliberalismo, Fisher sabía que era preciso mutar la subjetividad de quienes –muy a su pesar las más de las veces– lo sostenían desde la aceptación de ese mismo principio por el que se negaba(n) la posibilidad misma de una alternativa. Sin un cambio de percepción de la realidad –tal y como nos es presentada por los artefactos culturales del neoliberalismo– no sería posible desencadenar un devenir colectivo capaz de recomponer el campo político.

Nos referimos aquí, en directa alusión al célebre ensayo de Aldous Huxley, a la “percepción” de una realidad; a sabiendas de que el propio Fisher apuntaría en una dirección teórica concreta al acuñar su concepto complementario al de “realismo capitalista”: el Acid Communism o “comunismo lisérgico”.

Alterar la percepción de la realidad, bifurcar el horizonte de lo posible.

Muchas han sido las maneras mediante las que quienes lucharon por emanciparse, lograron romper con una percepción previa de la realidad que les sometía: líderes insurreccionales como Espartaco se alzaron contra la esclavitud haciendo correr sus leyendas entre los esclavos, convenciéndoles de que alcanzar la libertad era posible; predicadores protestantes interpretaron a su manera las escrituras, ampliamente difundidas gracias a la imprenta de Gutenberg, y generaron doctrinas heréticas que cuestionaban el poder papal a la par que ofrecían al campesinado un horizonte de liberación de la servidumbre; propagandistas revolucionarios disputaron con su opinión en la prensa escrita, manifiestos y panfletos el orden del Ancien Régime, propugnando con ello declaraciones de derechos, constituciones y hasta el surgimiento de la democracia moderna…

Pero fue siempre la visualización imaginaria de un mundo tan distinto como factible lo que incentivó los procesos de movilización social que resultaron en nuevas formaciones histórico-concretas. No es de sorprender, por tanto, que a lo largo del tiempo el perfeccionamiento de los dispositivos de la dominación haya avanzado con los procesos de subjetivación antagonista, procurando siempre prever y adelantar las pautas de conducta disidentes, de suerte tal que la subjetividad dominante permaneciese siempre actualizada.

Tampoco es extraño que los saltos que han comportado las innovaciones tecnológicas hayan estado en la raíz del relanzamiento de ciclos de luchas sociales. Que la aparición de internet –y con ello del despliegue de una infinidad de conexiones posibles entre singularidades hasta el momento incomunicadas– lanzase el movimiento altermundialista al grito de “otro mundo es posible” (lo opuesto justamente al TINA) pone de relieve hasta qué punto se pueden dar fallas en los distintos modos de mando que se van sucediendo y perfeccionando en la re/producción de los imaginarios de la dominación.

Una y otra vez, la historia de la emancipación se nos presenta como una sucesión de aperturas y cierres de horizonte que impulsa la humanidad más allá de los límites de sus propias formaciones histórico-concretas. Sustrayéndose a los imaginarios dominantes y produciendo nuevos imaginarios, los distintos protagonistas políticos de la emancipación han conseguido desencadenar procesos de subjetivación antagonista, sin los que alterar las relaciones de poder y dominación, sencillamente, no habría sido posible. Es llegado a este punto que adquiere sentido hoy lo que Fisher, Gilbert y otros han llamado Acid Communism.

La hipótesis lisérgica

En el contexto de los tiempos que siguieron al 15M y antes de que se produjese el ciclo del asalto democrático a las instituciones (2014-2019) hubo un breve momento de innovación teórica, luego abandonado, del que resultaron textos de fácil ensamblaje con la propuesta del Acid Communism. Por descontado, los contextos culturales son por completo diferentes y las hipótesis de la Teoría Política Lisérgica y del Acid Communism no son del todo coincidentes. Aún así, bien podría decirse que operan en una misma longitud de onda. Lo que en otras ocasiones hemos llamado la “hipótesis lisérgica” comparte también, a grandes trazos, las herencias estructuralista, operaista, así como del situacionismo, la teoría crítica de la escuela de Frankfurt y otras aportaciones más o menos heréticas, más o menos innovadoras de una prolongada tradición de pensamiento “materialista”.

Advirtamos desde ya mismo, que al hablar de “materialismo” sabemos que nos adentramos en un entrecruzamiento problemático con las cosmovisiones del “espiritualismo trascendental” característico del mainstream psiquedélico. Se entiende, no obstante, que en una mayor profundización ontológica que sepa indagar genealógicamente en la aportación spinoziana, deviene factible operar una doble crítica: por un lado, la crítica inmanentista a los dispositivos de la trascendencia presentes incluso en el esquema dialéctico del materialismo marxiano (la Aufhebung); por el otro, la crítica a las variantes de un materialismo empobrecido por aquellas apropiaciones de corte determinista (economicismo, fisicalismo, etc.), que desatienden la dimensión psíquica y cultural de la materialidad misma de lo social.

En definitiva, la hipótesis lisérgica en sus distintas variantes (de las que el Acid Communism es solo una de las posibles) sugiere hoy la posibilidad de un enfoque teórico con el que intervenir en el contexto surgido de la reacción neoliberal. Es una tarea que traza hoy su propia genealogía en distintas corrientes previas y, más que en el despliegue de una matriz teórica preexistente, lo que plantea es generar una suerte de laboratorio desde el que intervenir en un contexto que a todas luces se plantea como una crisis global de dimensiones históricas sin precedentes. Por ese camino irán futuras aportaciones como esta y otras a realizar en otros formatos propios de la dirty theory con los que realizamos esta práctica teórica.