Raimundo Viejo Viñas

Diputat d'En Comú Podem per Barcelona

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06

[ es ] Una nota sobre la libertad de asociación


A raíz de la elección del Consejo Ciudadano de Podemos se ha producido un sinfín de acusaciones de falta de democracia, autoritarismo y demás, que por lo general han hecho mucho ruido en las redes y han aportado pocas nueces al intelecto colectivo. Esta misma polémica vuelve ahora a presentarse en los consejos ciudadanos municipales revistiendo las mismas tonalidades agresivas y poco reflexivas de antes. Es por eso que quizá antes de dar rienda suelta al troll que llevamos dentro, sería pertinente realizar algunas reflexiones acerca de que supone elegir cargos en una organización democrática, abierta y antagonista.

Como es sabido, en un régimen democrático, la libertad de asociación debe estar garantizada; en una organización democrática, abierta y que aspira a realizar su cometido, esto no debe ser menos. Hay quien considera, bajo el pobre y demagógico pretexto de eso que llaman “voto plancha”, que lo único democrático sería favorecer la competición entre individuos por medio de candidaturas sin libertad de asociación. Se dice, además, sin tener en consideración algo tan pragmático como la limitación de nuestra capacidad para retener la información suficiente, significativa y necesaria entre miles de candidaturas individuales (no hay mejor manera de hacer perder valor a la información que darla en exceso). 

Otros, por el contrario, pensamos que lo democrático es la libre articulación del pluralismo, la posibilidad de producir simbiosis en el intelecto colectivo por medio de la afinidad deliberativa. Pensar no es un acto individual, sino una tarea que se hace en común. Por ello mismo, ya en los inicios de la teoría política moderna, en contraposición al individualismo metodológico del absolutismo hobbesiano, apuntó Althusius que no era el individuo sino el simbionte (el ser que somos por constituirnos con otros) la instancia deliberativa mínima.

Así las cosas, hay quien piensa que una organización abierta y antagonista como Podemos, en la que cualquiera se puede apuntar (y de ahí su radical carácter democrático respecto a la forma-Partido), se debe mantener un principio de incorporación de cualquier disenso a la decisión, de suerte tal que, incluso quien se apunta a la organización aprovechando su condición de abierta, debería disponer de capacidad de veto a la producción del consenso. Otros, sin embargo, creemos que nadie debería poder obligar a nadie a asociarse con nadie. Nadie debería poder imponer a nadie a transaccionar aquello que no quiere bajo el pretexto de un consenso que no sería sino imposición de la minoría. Y ninguna minoría tendría sus derechos mejor garantizados, de hecho, que bajo la posiliblidad de su libre asociación. 

En la lógica liberal de la defensa de una nocion individualista de la minoría (la que entiende que la minoría empieza por la minoría en uno y no en dos) y que, a la par, obliga al consenso, se produce una falacia democrática: en lugar de favorecer el pensar y deliberar en común (algo que siempre comienza por dos, por el simbionte althusiano) se genera la dictadura de uno sobre el consenso. Así sucedió a menudo en la interpretación unitarista de la noción de consenso durante el 15M, la exclusión del principio democrático de exclusión (que es el que hace posible el agonismo democrático y la libertad de asociación, pues asociarse con alguien es dejar de hacerlo con otros) devino un esperpento totalitario encubierto de la invocación permanente a la unidad, esto es, a la cesión al chantaje del uno sobre la libertad de asociación del resto. Las asambleas en las plazas podían convertirse en una auténtica pesadilla por culpa del derecho de los egos dañados a imponer su dictadura personal al resto gracias al precepto de la “unidad” (noción que es la clave de bóveda de la teología política y que late en la destrucción cristiana de la tradición democrático-republicana de la Antigüedad).

Sabido es que el uno, el ego, su narcisismo es la pieza sobre la que pivota la teoría política del individualismo posesivo. Si queremos ir más allá de la deliberación como la transposición a posiciones políticas de nuestras pulsiones narcisistas y constituirnos, por tanto, en una articulación antagonista del intelecto colectivo, urge abandonar de una vez los mitos del consensualismo y comprender la función del principio democrático de exclusión. Hora va siendo ya de recuperar la democracia por su potencia constituyente, no por su domesticación liberal.

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