Raimundo Viejo Viñas

Diputat d'En Comú Podem per Barcelona

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[ es ] No es país para mitos



Nadie, absolutamente nadie en 1714 tenía ninguna necesidad de decirse catalán (tampoc espanyol, no sigueu malpensats), ni de considerar la identificación con el territorio conocido como Catalunya base para la constitución de una subjetividad política (de elaborar proposiciones como “Catalunya és una nació” o, antagónicamente, “Espanya ens roba” …y no Millet, Pujol, etc.). Las críticas constructivistas, desde Benedict Anderson en adelante, resolvieron bien la cuestión de la formación de la identidad nacional, descartando las tesis primordialistas por absurdas y etnicistas.

Sin embargo, no es menos cierto que en 1812, con las Cortes de Cádiz, la formación de un Estado nacional activaría la conjunción biopolítica de dos procesos hasta entonces desunidos: la construcción de la moderna institucionalidad estatal y la producción de la identidad nacional. Desde su propio momento fundacional, el Estado nacional emprendió una tarea fundamental: desplegar las condiciones institucionales para que pudiese progresar el capitalismo (métricas unificadoras, sistemas impositivos, mercado único, etc.).

De resultas de esto, el significante “España” pasó a articular una identidad colectiva asimilacionista en lo cultural (a diferencia, por ejemplo de Suiza) y, por consiguiente, activadora de respuestas en sentido opuesto. La Renaixença catalana, al igual que o Rexurdimento gallego, vinieron a responder así a los efectos de la instauración del moderno Estado nacional, con sus sistemas de instrucción pública, servicio militar obligatorio y demás instituciones del que Foucault identificaría como “grand renfermement”.

En el plano político, las respuestas decimonónicas como el foralismo vasco, el federalismo (histórico) catalán o el provincialismo gallego, se fundaron en la articulación de narrativas inicialmente reactivas. En consecuencia, dejaron las matrices identitarias en manos de la ambivalencia de sus declinaciones posibles: progresistas en unas ocasiones, conservadoras en otras e incluso puramente reaccionarias en algún caso; pero siempre respuesta a los avatares del Estado nacional.

En efecto, de haber sido el Estado nacional al que se dio en llamar “España” una maquinaria capaz de una modernización suficiente (esa escuela pública, ese ejército republicano, ese sistema de salud…), no nos encontraríamos hoy con los problemas de identidad colectiva. Basta con pensar el contraste de dos demostraciones nacionalistas a uno y otro lado de los Pirineos: allá, un estadio de fútbol repleto de ciudadanxs de una república cantando la Marsellesa a pleno pulmón; acá, el espectáculo esperpéntico de un cuerpo social desgarrado y anómico, gritando hasta lo patológico, cual habitante de frenopático “yo soy español, español, español”… como si de repetirse tanto fuese al fin a ser verdad.

Aquí es donde nos situamos en el presente, pero aquí es también donde puede empezar a repensarse el futuro. Quienes creen que se pueden librar de España desde 1714 están condenados a volver a pasar por 1812 (la historia, por serlo, tiene justamente esa condición de efectuación irrepetible). Quienes creen que pueden mentir sobre el significante España como dechado de virtudes y modernidad no se equivocan menos. Solo desde una óptica de ruptura constituyente es posible desbordar y dejar atrás ambos marcos de interpretación, inútiles por igual a efectos de una política de la emancipación. 

Y es que ya va siendo hora de poner a la nación en su lugar dentro del discurso político; a saber: en el lugar de la igual dignidad de nacimiento, en ese momento en que el Estado nacional todavía no ha logrado ser conjunción de Estado y nación, en que el cuerpo social es escisión popular con el mando; el lugar discursivo de un momento que no es pretérito imperfecto, sino futuro anterior. Solo ahí ganamos.

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