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¿Debe Sumar salir del gobierno?
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MADRID, 30/03/2025.- Carlos Martín, nuevo líder de Sumar junto a Lara Hernández, junto a Yolanda Díaz (c), durante la clausura de la Asamblea general del partido, este domingo en Madrid. EFE/Sergio Pérez
En los últimos tiempos, se ha abierto un espacio crítico que exige la salida de Sumar del gobierno de coalición. Hay buenas razones para permanecer en él hasta el final de la legislatura. Razones que pueden resumirse en “hacer las cosas para la gente” o la aún más ambiciosa “gobernar para la gente”. A continuación, analizaremos algunos de los argumentos en contra, el primero de los cuales implica convertir la afirmación en una pregunta: ¿está el gobierno con la gente? O, más modestamente, ¿está el gobierno “haciendo las cosas”? Abordemos esta última pregunta, entendiendo que la primera se responde con la segunda.
El gobierno de coalición que Unidas Podemos y el PSOE firmaron en 2019 marcó un hito en la historia de la democracia: por primera vez desde 1978, se formó un gobierno de coalición en el ejecutivo central. Para ello, fue necesario repetir las elecciones de 2019. La genealogía del primer gobierno es importante, porque no fue lo que se esperaba del primer Podemos (ni lo que el primer Podemos prometió). Y, sin embargo, encajó bien con las necesidades de la familia Iglesias y lo que quedó tras la gran depuración de la segunda asamblea en 2016.
En 2019, Sánchez confirmó el éxito táctico de su moción de censura. Había acertado de pleno al apostar que había una mayoría que no sostendría a Rajoy. Iglesias, por su parte, cayó de 71 escaños en 2016 a 42 en las primeras elecciones de 2019, y 7 escaños más en las siguientes. De 71 a 42 escaños fue el saldo de los abusos de autoridad y errores estratégicos perpetrados desde la Secretaría General de Podemos. Con semejante saldo, tuvo que forzar una repetición e intentar salvar lo que quedaba como vicepresidente segundo de una coalición sin precedentes, pero muy por debajo de la que podría haber logrado anteriormente. La razón subyacente no fue una estrategia general, sino la mera supervivencia del liderazgo: al menos con el gobierno de coalición podría equilibrar las cuentas del parlamento con las de los cargos ministeriales (no es fácil mantener una red clientelar de tamañas dimensiones).
Pero Podemos siguió perdiendo votos, dinero y, por tanto, “activistas”. Iglesias intentó una nueva jugada que también salió mal: invocar la ideología de la “unidad de la izquierda” para ganarse a Mónica García. Perdió, dimitió y se fue para dedicarse a lo que siempre quiso ser: tertuliano. Toda esta jugada tuvo un impacto negativo en la izquierda. En su momento de mayor poder, se encontraron sin proyecto. Incluso su sucesión fue un desastre democrático, practicando lo que en México se llama un “dedazo”, algo que se sumó a todas las malas prácticas anteriores (retirar las garantías de las primarias, imponer a su pareja, votar por el chalet, etc.). ¡Qué lejos del mandato del 15M!
Y así fue como Yolanda Díaz llegó a la vicepresidencia segunda. En un primer momento hubo alivio e incluso un pequeño y efímero relanzamiento. La figura de Yolanda parecía capaz de invocar el egregor democrático y volver a la senda del 15M. No fue así. Esto significó aún más pérdida de votos en 2023 (4 escaños menos, ahora 31). A pesar de ello, el diagnóstico era optimista, ya que Sánchez había salvado el gobierno y podían permanecer en él.
Nuevo error. Nunca se reconoció que Sánchez, y no Díaz, había ganado las elecciones de 2023. Era necesaria una reflexión profunda y desde fuera del gobierno, pero no hubo tal reflexión externa porque no existía una organización sólida del partido. El reparto entre varios partidos pequeños, cada uno con su propio ministerio, valió la pena para que nadie, salvo el excluido Podemos, abriera la boca para protestar.
Así, protestando, Podemos se marchó al Grupo Mixto, con una enorme carga histórica de responsabilidad que nunca reconocerán y con la declaración confesa de no tener la estatura de un partido de Estado. Pero, sin embargo, el partido que más perdió fue el que permaneció en el gobierno. Díaz cayó en popularidad y tuvo que asumir que dejaría el liderazgo para reinsuflar vida a sus siglas. El resto de los ministerios, tan contentos como estaban con el reparto, no reconocieron la derrota que las encuestas habían pronosticado desde entonces, e incluso antes. Lo peor, de hecho, está por venir.
En las recientes elecciones extremeñas, las primeras de un nuevo ciclo preparado por y para el PP, la coalición Unidas por Extremadura (IU-Podemos) logró ganar 3 escaños de los 10 que perdió el PSOE. El PP ganó 1 y Vox 6. Nada que las encuestas no hubieran pronosticado desde el 23 de octubre, siempre con cuidado de incluir en la cocina una caída significativa de la participación (algo, por cierto, que les hizo fracasar el 23 de octubre).
Sin embargo, Sumar no pudo (o no supo) plantarse tras los escándalos de corrupción y abusos sexuales del Partido Socialdemócrata. Y plantarse se entiende como asumir el último paso: abandonar el gobierno. Ni siquiera después de la derrota electoral. Por lo tanto, careciendo de estrategia propia, coincide con la estrategia de Sánchez: la eventual coalición PP/Vox en el gobierno central es peor y, llegado el momento, la izquierda se movilizará. Un error táctico que ya sabemos que no funcionó y que vincula el resultado de las elecciones extremeñas al futuro de Sánchez.
Tal como están las cosas, no parece que 2026 traiga esperanza para la izquierda. Los nacionalismos no son territorialmente suficientes para articular una alternativa (el de Rufián es puro electoralismo). Dadas estas circunstancias, es necesario reactivar el egregor de 2011. Solo así se evitará el fin de esta crónica de muerte anunciada. Basta pensar en el éxito táctico de Vox con respecto al PP, elección tras elección, ganando nuevos votantes, exigiendo medidas, estableciendo una agenda, logrando que el PP ya se comprometiera con su causa. ¡Lo que no daría la izquierda por tener semejante fuerza!
Y, sin embargo, ahí siguen, aferrados al cargo en el sector de la izquierda, en decadencia, incapaces de imponer tres medidas básicas al PSOE (vivienda, renta por hijo y transporte gratuito) y asumiendo que, si no las aceptan, abandonarán el gobierno (pero, esta vez sí, de verdad). Sánchez no puede arriesgarse a convocar elecciones. Un año, un año y medio, aún permitiría a Sumar convertirse en la fuerza surgida del 15M. ¿Logrará?


