Raimundo Viejo Viñas

Autor, profesor, editor, teórico, ciudadano activo, papá y mucho más.

Dic

10

Para pensar el momento del movimiento


Una nota al hilo de las movilizaciones de estos días contra el cambio climático

[ revisado y levemente corregido 11.12.2019]

El pasado fin de semana las calles se volvieron a llenar de acción colectiva en defensa del planeta y contra el cambio climático. Expresión privilegiada de la política de movimiento, las manifestaciones multitudinarias regresan, se extienden e inciden sobre el conjunto de la vida pública. Aunque todavía falten verificaciones rigurosas (basadas, por ejemplo, en metodologías como el Event Protest Analysis), la intuición nos indica ya de forma clara que de un tiempo a esta parte, la serie de olas de movilizaciones antagonistas que impulsa la democratización ha vuelto a superar un punto de inflexión.

Atrás quedan los años críticos de tendencia descendente que siguieron al 15M (muy en especial a partir de 2015). Por delante, los ciclos de luchas vuelven a sucederse, de forma virtuosa, en el in crescendo sostenido, rekombinante y progresivo que caracteriza las fases alcistas. Desde hace más de un año ya la tendencia se va realizando ante los ojos atentos. No es preciso esfuerzo de medición empírica alguno para darse cuenta de que ya está en marcha una cuarta ola de antagonismo (cuarta ola en democracia, quinta si incluimos la que supuso el fin del Franquismo).

En la ola que ahora despega, el feminismo (8M, caso de La Manada, etc.) y el ecologismo (Fridays for Future, COP25, etc.) han tomado la delantera como vectores de movilización frente a otros de carácter socioeconómico o laboral (pensiones, huelgas de taxi, etc.). La potencia demostrada de feministas y ecologistas ha alcanzado a poner en cuestión incluso la hegemonía en las calles del Processisme, donde hace ya tiempo que los ciclos se encuentran inscritos en su fase descendente propia del momento represivo que se está viviendo. Queda por ver, claro está, si el independentismo opta por mantener abierta su estructura de oportunidad política en los términos de un enfrentamiento abierto y de alta disruptividad, como el del otoño pasado, o si prefiere alinearse con el cierre constitucional que le ofrece PSOE y recomienda Unidas Podemos.

Con todo, a la vez que feminismo y ecologismo vuelven a irrumpir en la esfera pública, el relanzamiento de la política de movimiento vuelve a suscitar los problemas de ciclicidad que acompañan a su refundación permanente. El recambio generacional de activistas, repertorios modulares de acción colectiva de carácter expresivo, centralidad discursiva de la impugnación de legitimidad a las elites, etc., cobran estos días un peso específico como rasgos característicos que no deberían, a pesar de todo, impedir plantear toda una serie de cuestiones de práctica teórica a quienes aspiramos a inscribir la política de movimiento en un horizonte constituyente capaz de incidir de manera eficaz sobre los procesos políticos sistémicos. Sustraerse a la lógica de la coyuntura y proyectarse estratégicamente más allá, desde los saberes acumulados de cuatro décadas de democratización por medio de la práctica teórica, se hace más necesario que nunca. De otro modo pronto veremos revertirse la tendencia ascendente de la ola que viene empujando la política antagonista en los últimos tiempos.

En este sentido, a la pregunta táctica por excelencia de momentos como el actual –cómo sostener la acción colectiva en el tiempo de suerte que se traduzca en logros concretos– siguen otras de carácter estratégico que incumben al conjunto de la política. Aquí van solo algunas para abrir el debate:

— ¿qué grado de autonomía espera alcanzar el movimiento respecto al régimen de poder que estructura la sociedad en los términos actuales?

— ¿qué prácticas instituyentes se están poniendo en marcha en el seno de la acción colectiva –más allá por tanto de su dimensión expresiva– de suerte que ofrezcan a quien participe en el movimiento un modo de vida que sea sostenible en el tiempo y en sí mismo portador y catalizador en la sociedad de las soluciones que se reivindican?

— ¿qué estructuración de la agencia política se espera articular en el movimiento hacia sus propios «notables» –hacia Greta Thunberg, sin duda, pero también otras figuras destacadas– y hacia los partidos políticos –especialmente respecto a aquellos que se involucran en las convocatorias del movimiento y se reivindican representativos de la causa?

— ¿qué previsiones se están operando de cara a prever los procesos reactivos del régimen de poder –id est, proselitismo y cooptación partidista, por la izquierda, o respuestas reaccionarias como el negacionismo por la (extrema) derecha?

— ¿qué incididencia o capacidad de alterar el diseño institucional del régimen político sobre el que se interviene está prevista de cara a poder favorecer el propio despliegue mientras se profundiza en la democratización de la sociedad y se operan los cambios que se promueven?

— ¿Cómo se espera relacionar la influencia sobre las políticas públicas con el propio despliegue estratégico del movimiento a fin de no limitar la praxis activista al mero acompañamiento de las agencias estatales y privadas en la puesta en marcha de cambios efectivos?

Esta serie de cuestiones apenas es un principio, pero puede dar una idea ya de la importancia y alcance que tiene la práctica teórica en el seno de los activismos actuales. Sin embargo, a la vista de los repertorios que han estado exhibiendo estos días Fridays for Future, Extinction Rebelion y otras organizaciones ecologistas en pro del planeta y contra el cambio climático, cabe preguntarse si en rigor propugnan, practican e instituyen (para sí o para el conjunto de la sociedad) en grado suficiente alguna forma de institucionalidad diferente a la del régimen del 78 –en presumible conflicto con este– o si se limitan, por el contrario, a moverse en los márgenes de presión al régimen (lo que se conoce como grassroots lobbying) por medio de una desobediencia civil de corte liberal combinada con presión institucional, mediática, etc. (i.e., a la manera en que proceden desde hace décadas organizaciones de movimiento tan altamente institucionalizadas y profesionalizadas como Greenpeace).

Estas reflexiones –pensadas ahora sobre la marcha en función de lo visto estos días– no son exclusivas del ecologismo y a buen seguro podrían hacerse extensivas al resto de vectores con los que se expresa la política de movimiento. Aunque esta nota se haya escrito con el ejemplo ecologista in mente, no por ello deja interpelar al activismo más en general por su propia capacidad constituyente. Es un debate bastante más laborioso y sistemático de lo aquí apuntado, sin duda. Pero ahora que la ola vuelve a montar pueden ser apuntes como estos los que nos permitan ir desbrozando el camino a la manera, como podría ser de otro modo en que siempre ha venido trabajando la dirty theory.

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