Raimundo Viejo Viñas

Autor, profesor, editor, ciudadano activo, papá y mucho más.

May

26

Nota 25 Esfera pública y democracia


En la teoría clásica de la democracia, la existencia de una esfera pública en la que cada cual se pueda expresar libremente (isegoría al decir de los antiguos) es un prerrequisito imprescindible. Aunque por aquel entonces se entendía por esfera pública democrática la existencia de un ágora, parlamento u espacio institucional equivalente, lo cierto es que desde que en el siglo XVII empezó a publicarse el primer periódico moderno (La Gaceta de Amsterdam) hasta nuestros días los avances tecnológicos en los medios de comunicación (prensa, fotografía, radio, televisión, internet, redes sociales…) no han cesado de provocar importantes mutaciones en la configuración de la esfera pública que han tenido una incidencia decisiva sobre el destino de la democracia.

Los estudios sobre movimientos sociales y, en un sentido más amplio, sobre la política contenciosa, han apuntado como en tiempos recientes se ha verificado una correlación entre los medios, la acción colectiva y la calidad democrática. La Primavera Árabe o el 15M no resultaría imaginable sin la aparición de la blogosfera, twitter y las redes sociales que permitieron cuestionar el control de la esfera pública de los distintos regímenes políticos. De igual modo, el reflujo reactivo a aquellos cambios ha sido la readaptación de los algoritmos, la proliferación de bots, la difusión de fake news y otros instrumentos reactivos al impulso democratizador.

El incremento de la participación en la esfera pública

La historia de la ddemocracia guarda una estrecha relación con las capacidades materiales para articular su propia procedimentalidad. Esta requiere de la existencia de una esfera pública en la que poder desarrollar la deliberación sobre los asuntos que afectan a la comunidad. En la Atenas de Pericles, primera configuración de una democracia, el agora ofrecía la posibilidad de deliberar a la ciudadanía sin mediaciones. Ya entonces el pensamiento de los sofistas recoge los riesgos de la demagocia y la manipulación argumental de la esfera pública. Institucionalmente llegaron a instaurarse instrumentos de control como el ostracon (de donde viene ostracismo) y la práctica de la expulsión de la polis a quien intentase manipular el funcionamiento de la democracia.

Con la aparición del Estado moderno serán los estamentos privilegiados del orden feudal los que generarán espacios más allá de la corte en los que representar los intereses de la sociedad. Las distintas cortes, parlamentos y otras cámaras ejercerían esa función mientras, en la sociedad civil aparecían medios de comunicación que, al disponer de un alcance mucho mayor que el de las polis de la antigüedad o los burgos medievales, permitían a quienes participaban de su lectura, imaginarse como una sola comunidad política. Sin esta capacidad para imaginarse desde distintos lugares a un mismo tiempo como una única comunidad política, nos recuerda Benedict Anderson, habría sido imposible pensar la nación moderna. No es casual que las primeras grandes revoluciones que alumbran la primera ola de democratización tengan su origen en los salones de la alta sociedad, la prensa que leía una minoría alfabetizada, etc.

Con el progreso material de las sociedades cada vez el porcentaje de la población con acceso a la deliberación no cesaría de crecer, aumentando y diversificando la conflictividad y obligando, por ende, a la readaptación de la democracia a los usos comunicativos de cada momento. Sucedió así que el movimiento obrero, a través de los ateneos libertarios y otras instituciones excluidas de la institucionalidad de los regímenes políticos de su momento histórico fue capaz, empero, de instruir al proletariado fabril. Luego de los trágicos años del periodo de entreguerras y el auge de los totalitarismos, los partidos y los sindicatos obreros tuvieron que ser finalmente incorporados a la democracia liberal. Radio y televisión, medios de comunicación todavía basados en la emisión unilateral del discurso, se convirtieron en herramientas privilegiadas de integración de la fuerza del trabajo, especialmente en sus segmentos más formados, en los regímenes políticos.

Mutaciones contemporáneas de la esfera pública

En los años sesenta y setenta se van a producir dos tipos de mutaciones en la esfera pública que vienen a cuestionar la unilateralidad y jerarquización de la información que estructuraba la esfera pública. Por un lado, los medios de comunicación de masas son objeto de reflexión y crítica por su capacidad integradora y neutralizadora del antagonismo (por ejemplo, Guy Debord, La sociedad del espectáculo) e intervención directa por parte de activistas (Abbie Hoffman Jerry Rubin y la televisión, Radio Alice y la radio) que disputan la hegemonía y el control político por medio de las tácticas de «guerrilla comunicativa» (el détournement, el micro abierto, etc.).

Por otro lado, aparecen nuevas tecnologías de carácter horizontal, favorecedores de una cierta igualdad de acceso y cooperación en la producción del discurso. Hace ya medio siglo de la puesta en marcha de Arpanet, base tecnológica de internet. Desde entonces hasta la aparición de las redes sociales, el alcance y capacidad de integración de las tecnologías de la comunicación no ha cesado de ir en aumento. El salto que durante sus inicios parecía suponer internet, dotando a las multitudes de una conectividad online, per se huidiza al control de las comunicaciones, ha venido derivando en un campo de disputa abierto en el que la heteronomía de los algoritmos se impone con ejércitos de bots, fake news y otras herramientas adecuadas a las condiciones ilocucionarias de un mundo en red.

Lejos ya del optimismo que destilaba la epifanía de la sociedad conectada, los últimos años han visto avanzar –especialmente tras la elección de Donald Trump como presidente de EE.UU.– contramovimientos reactivos a las olas de movilizaciones que impulsaron momentos como la Primavera Árabe, Occupy Wall Street o el 15M. El recurso al cambio tecnológico ha pasado de ser así una ventana de oportunidad para el activismo social a ser la trampa del encierro comunicativo promovido por unas elites que por fin parecen haber sido capaces de entender la gobernanza de forma reticular. Paradójicamente, hoy por hoy, los mejores lectores de la posmodernidad se encuentran en el extremo derecho del espectro ideológico, mientras frente a ellos solo afloran discursos derrotistas, cuando no directamente reaccionarios.

Incidencias sobre el régimen político.

Con la irrupción de Podemos y otras formaciones nacidas del 15M, el empleo de las redes sociales de los movimientos impacta sobre el sistema de partidos. Significativamente el origen de Podemos está en La Tuerka –un programa de debate en Tele K–, una modesta televisión local que alcanza una difusión masiva gracias a Youtube y otras redes sociales. El paso a las grandes cadenas de televisión será efecto de esa táctica comunicativa y su éxito innegable. Durante sus primeros años las formaciones políticas surgidas del 15M lograrán ocupar la centralidad comunicativa. Solo un tiempo después, en la recuperación e importación de técnicas comunicativas adaptadas a la nueva estructura de la esfera pública, lograrán partidos como Cs y, sobre todo, Vox, irrumpir en el sistema de partidos. Queda por ver en la actualidad qué depara el futuro. Dos tendencias aparecen en el horizonte: por un lado, la readaptación de los viejos partidos del régimen a las nuevas realidades de la comunicación política; por otro, la reaparición de nuevos ciclos de los movimientos sociales (principal aunque no exclusivamente feminismo y ecologismo) con repertorios innovadores en materia de comunicación.