Raimundo Viejo Viñas

Autor, profesor, editor, teórico, ciudadano activo, papá …y diputado (contingente) de Podemos en ECP

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[ es ] En Guanyem, la forma-Partido: ni contigo, ni sin ti…




A raíz de la presentación de Guanyem Barcelona, no son pocxs lxs que se plantean el riesgo –cuando no consideran directamente como un imposible– de transformar la política de los partidos de cara a una mayor democratización del régimen. De esta suerte, como gustan de decir los ingleses, quienes así piensan tiran el niño con el agua sucia por la ventana.

Es importante tener en cuenta que, aunque los partidos sean, hoy por hoy, parte del problema democrático, también pueden llegar a ser parte de su solución: los partidos disponen de un lugar privilegiado, de conocimientos, experiencia, bases militantes honestas con las que comparte valores una gran parte de la ciudadanía, que a buen seguro se han sentido humillados por los escándalos de corrupción de quienes creían como ellos, etc., etc. Por descontado es absurdo pensar que los partidos se cambiarán a sí mismos porque sí, por un acto de reflexión, de autocrítica puramente abstracta o con base ética.

Todas las supuestas “refundaciones” nos han dejado un larguísimo registro de tentativas fallidas al respecto. No hay motivo alguno para creerse absolutamente nada en este sentido. Y la razón política es sencilla: ninguna modalidad de agencia que disponga de una posición hegemónica (o que se crea todavía en dicha posición) se verá obligado a hacerlo. De hecho, si no han acometido cambios mínimamente creíbles en décadas, parece razonable preguntarse: ¿por qué deberíamos esperar esos cambios ahora? 

No es que falten indicadores que incentiven a los más audaces a dar un paso adelante y atreverse a ponerse en cuestión. Basta con ver cualquier encuesta de opinión sobre lo que piensa la ciudadanía de las instituciones y se descubrirá que los partidos y su política no salen nunca bien parados. Si a pesar de esto han persistido hasta ahora, es básicamente por un hecho: siempre han entendido cualquier otra modalidad de agencia política como algo subordinado a sus propias reglas, a su protagonismo.

Desde el 15M, sin embargo, las cosas han cambiado definitivamente en este sentido. La reivindicación de un democracia real se hizo mandato imperativo. Una democracia protagonizada por la ciudadanía activa (o, mejor aún, activada) dislocó entonces por completo a los partidos de su presunto papel central. Decimos “presunto” en términos fundamentalmente normativos, ya que el régimen en vigor se encuentra articulado sobre la base de lo que se conoce como el “Estado de partidos” (Parteienstaat) y este como tal asigna de forma explícita a los partidos la centralidad en el funcionamiento institucional.

Esta centralidad, sin embargo, es solo relativa si atendemos a la lógica del desbordamiento democrático: desde la transición hasta hoy la democratización no ha parado. Contrariamente a la ideología oficial del régimen la democracia no se creó en 1978 y desde entonces es una única y misma forma política. Al contrario, la constitución formal, retocada oportunamente a efectos de blindar la deuda, de ajustarnos a las exigencias de Maastrich, etc., ha demostrado ser un contrato incumplido más útil a la desdemocratización que a la democratización efectiva. Ejemplos tan sencillos como el de la vivienda disipan cualquier duda acerca de cuál ha sido la lectura imperante en el régimen de la propia Constitución y cuáles sus usos de cara a los derechos efectivos de la ciudadanía.

Por todo ello, hacemos bien en ser absolutamente escépticos respecto a los partidos, a las deudas que han contraído con los bancos (basta con ver el caso reciente de las subvenciones de Podemos para comprender que la partitocracia es solo una parte más en el gobierno de la deuda), así como respecto a las ramificaciones que tienen en las empresas de participación pública (¿cuántos Moral Santín tienen los partidos de izquierda?). No cabe dudar que este es un problema mayúsculo al que hay que poner fin. 

Pero para poner fin a los males de la partitocracia y sus efectos negativos sobre la democracia, es igualmente importante que no es en la simple destrucción de la forma-Partido donde se gana la batalla. Al igual que los partidos (¡y los movimientos!) disponen de figuras notables sometidos a sus reglas de juego, pero ya no encontramos notables articuladores de la democracia (como otrora en el sistema del encasillado de los años del turnismo en la Restauración), de lo que se trata aquí es de someter ahora los partidos a as reglas de juego de una democratización mayor. 

Los partidos no cambiarán, va de suyo y antes lo apuntábamos, de buenas a primeras. Están atados a sus intereses. Incluso cuando sus gestores y cargos son personas honestas, responden a unas lógicas institucionales que no incentivan en modo alguno la democratización. No es su problema. Es el problema del régimen. Por eso no debemos esperar a que cambien. Por eso es decisivo que sigamos cambiando el régimen desde el movimiento, desde la desobediencia, desde la producción de instituciones autónomas a las constitucionalizadas en la forma-Estado. Esa es la clave: no cambiarán: solo nuestra actividad política podrá hacerlo. 

Así es al menos como he entendido yo (lo mismo me equivoco) la idea y apuesta de Guanyem Barcelona. Estamos aquí para cambiarlos desde fuera, no desde dentro, para cambiarlos en una confluencia que, sin duda, también nos afectará y nos cambiará. Y entiendo que positivamente, pues solo observando su posición y sus limitaciones comprenderemos hasta dónde algunas de nuestras exigencias no han comprendido los funcionamientos institucioanles. 

Es por todo esto que me parece especialmente valiente la apuesta de Guanyem Barcelona y creo que merece todo el apoyo. No se piensa como negociación entre singularidades preconstituidas, sino como proceso de confluencia y aprendizaje inscrito en un proceso mucho más amplio de desbordamiento y ruptura democrática. Por descontado, siempre parecerá imposible hasta que se lleve a cabo. 

Pero sin intentarlo, también está muy claro que no va a ser posible alterar el tablero político de manera decisiva. Si no hacemos algo los de siempre se sentirán más fuertes, golpearán más fuerte. La crisis que hemos vivido en estas legislaturas de la derecha será infinitamente más dura. 

Todo esto no obvia ni exige a nadie que se olvide de que los partidos que empezaron la crisis, que implementaron las primeras medidas y entregaron, por activa o por pasiva, a la alternancia liberal el control de las instituciones, hayan de asumir consecuencias. Esa es su debilidad política y lo que les obliga a tomarse en serio la propuesta que se les hace o a perecer bajo la emergencia de nuevas formas mucho más rupturistas. Al fin y al cabo la democratización es hoy un sí o sí para la ciudadanía activa.

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