Raimundo Viejo Viñas

Profesor, autor, traductor, editor, ciudadano activo y mucho más.

Nov

07

[ es ] Del inconveniente de haber nacido… o no



Vía facebook me llega este documento. No es más que una pura rutina administrativa que se ejecuta con total normalidad cada día y, sin embargo, desvela en toda su brutalidad la naturaleza del mundo en que vivimos. 

Explican en el pie de foto, con innegable acierto:


«El primerísimo acto de apartheid en Israel comienza al nacer una persona.

Fijaos bien en esta partida de nacimiento de Israel (original en hebreo y traducción al castellano), donde se han omitido los datos personales. Fijaos en la nacionalidad: efectivamente, no es «israelí». Es JUDÍA.

Respuesta: NO TIENEN NACIONALIDAD. Porque no existe la nacionalidad israelí.

Pregunta: y el más de un millón de ciudadanos palestinos (o árabes israelíes como les gusta llamarlos a ellos) que viven en Israel, ¿Qué nacionalidad tienen?«

Me gustaría aprovechar para hacer también aquí la reflexión que he hecho al respecto. Decía más o menos así: 

Nación es igual dignidad de nacimiento. Sin embargo, cuando la nación se hace «nacionalidad» o «ciudadanía» se transforma en una herramienta de dominación de los unos sobre lxs otrxs, del soberano sobre la multitud. Cabe precisar, ya que las palabras nos vienen contaminadas por los usos ilocucionarios del poder: nacionalidad o ciudadanía no son sino el acto de integrar bajo un mando biopolítico –un acto que consiste en hacer «nacional» o «ciudadano» de un Estado– al animal humano.

No hay dos animales humanos con la misma nación, ya que el acto de nacer es singular (hasta un gemelo tiene que nacer después de otro): por mucho que reviente el sueño de una comunidad prístina, el cuerpo social no es un grupo étnico primigenio o cosanguíneo. Es, por el contrario, una multitud compleja, abigarrada, mestiza… Ello no obvia, empero, el acto de dominación con el que el mando identifica, define, gestiona, gobierna, somete y subyuga por el mero hecho de haber nacido, a poblaciones enteras. Al contrario, en esa graciosa concesión de derechos que es la nacionalidad o ciudadanía, subyace siempre la simplificación, la erradicación de la singularidad que uniformiza y dispone del cuerpo.

Por eso jamás una «independencia» consistente en la reificación estatal de un cuerpo social podrá liberar nación alguna (una independencia, en definitiva del poder soberano respecto al cuerpo sobre el que ejercerá su dominio). Se engañan quienes entienden, pues, la independencia como la instauración de un Estado nacional o, peor aún, como Estado-nación (ya que todo Estado es, guste que no, tan multinacional como singularidades habitan bajo su égida). Más se engañan todavía, quienes ni siquiera consideran la subordinación contemporánea de los Estados nacionales a una nueva estructura de la soberanía en que parte de sus viejas atribuciones han sido sustraídas por el mando y desplazadas hasta su reubicación, dinámica y contingente en virtud de los juegos caprichosos del darwinismo normativo, bajo un dominio imperial global del capitalismo integrado.

Si en estos tiempos que corren queremos clarificar un horizonte emancipatorio, haríamos bien en abandonar las falacias simplistas de los viejos ideologemas decimonónicos y mirásemos al pasado allí donde la nación (vale decir donde el acto de nacer) todavía se constituía en la escisión contradictoria de la que puede nacer hoy una lectura de la tendencia. Y es que las naciones, mejor, las pensamos libres, sin Estados que las reifiquen en instancias de legitimación del biopoder. Las naciones, mejor de la multitud que del mando biopolítico. Hora es de ir pensando la nación más acá del Estado para poder ir, así, más allá del propio Estado.