Raimundo Viejo Viñas

Profesor, autor, traductor, editor, ciudadano activo y mucho más.

Mar

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[ es ] El nombre propio y su control democrático


Artículo publicado en el periódico Diagonal, nº 218, págs. 28-29

Algunas ideas para pensar los liderazgos y la democratización

Ada Colau, David Fernàndez, Teresa Forcades, Diego Cañamero, Arcadi Oliveres, José Manuel Gordillo, Pablo Iglesias… la lista continúa y sigue creciendo. Desde hace un par de años, a medida que se ha ido desplegando la ola de movilizaciones en curso, han ido apareciendo en la escena política nuevos nombres propios. Cada uno a su manera todos han irrumpido en las cómodas filas de un establishment que hasta hace bien poco reclutaba sus élites por medio de un sistema de selección —competitivo, pero institucionalizado— en el cual se operaba el recambio del personal previa socialización en los consensos constitucionales y formulación explícita de fides al régimen de 1978 (recuérdese, por ejemplo, la disciplina con que se reproducía el mantra de las condenas a ETA).

La renovación del personal político no se salía ni de las pautas, ni de los mecanismos de reproducción del régimen. Los partidos ejercían con total naturalidad la llamada “ley de hierro de la oligarquía”, enunciada por Robert Michels para describir la manera en que dentro de las organizaciones, a fin de cuentas, siempre manda el aparato y las masas obedecen. Raro es el estudiante de políticas que no conoce dicha ley y ahí están dinosaurios de la política como Rubalcaba, Rosa Díez o Cayo Lara para demostrar que, en efecto, así es como funciona el juego (de momento). La democracia española, podían proclamar hasta no hace mucho, tan ufanos, los politólogos del régimen, está debidamente consolidada e institucionalizada. La vida política se ha normalizado y las elites democraticas se reproducen como en cualquier otro país de nuestro entorno.

Y en esto Ada Colau se persona en Las Cortes para llamar criminales a los responsables de la política de vivienda, desahucios y crisis; David Fernàndez se saca la zapatilla en el Parlament para hacer lo propio desde una candidatura rupturista que, a diferencia del resto de partidos, entraba en la cámara sin haber participado de la unanimidad contra los estudiantes o el 15M. Un chaval con coleta, pendiente y barba a lo Jesucristo Superstar empezaba a pasearse por los platós de Telecinco, Cuatro o La Sexta, donde había llegado procedente de una tele local en la que se había fabricado una audiencia millonaria gracias a Youtube y desde donce había desafiado, con éxito, al canal neocon por excelencia: Intereconomía. Dos cristianos de base, Forcades y Oliveres iniciaron un tour ecuménico por la república catalana del 99% en pos del Santo Grial de la unidad de la izquierda. Y por el sur, en fin, desde la serranía sevillana, los neobandoleros Gordillo y Cañamero se enfrentaban a la cleptocracia asaltando supermercados cuales Robin Hood de la postmodernidad.

¿A qué es debida la emergencia de estos nuevos “héroes del pueblo”? ¿Representan el agotamiento de la hipótesis que López Petit conceptualizaba con la expresión “fuerza del anonimato” o responden, por el contrario, al efecto especular y distorsionado que esta provoca sobre el régimen? A nuestro modo de ver esta es la clave con la que comprender la emergencia de los nuevos nombres propios entre las filas del activismo. Aquí es donde, por otra parte, se está dando un error de análisis muy rudimentario (o malintencionado), a saber: meter en el mismo saco la producción de nombres propios en la arena del régimen y prácticas características de la política de movimiento.

Este error es doblemente grave cuando, a mayores, la confusión se extiende de forma condenatoria a quienes, tras haberse/les fabricado ese nombre propio, operan el cambio de arena de la política de movimiento a la política de notable. Sintomáticamente, no todos los casos apuntados muestran igual recibimiento en sus trayectorias recientes (a pesar de los orígenes comunes de muchos de estos nombres en la política de movimiento de ahora o de hace unos años).

En este sentido, parece bastante claro que la línea roja no es otra que la de plegarse a la representación, esto es, presentarse a las elecciones. A un lado se nos quedan nombres como los de Colau, Oliveres o Forcades; al otro los de Iglesias, Gordillo o Fernàndez. Mientras que los primeros siguen gozando de una auctoritas derivada de su “no contaminación” por el poder; los segundos gestionan, bien que de manera muy dispar, su relación con el poder de acuerdo a su diferente escala territorial y rendimiento de cuentas: Gordillo es un notable local y autonómico, reputado por rendimientos bastante personalistas; Fernàndez ha hecho de los Països Catalans su terreno de juego y sus rendimientos se derivan del pacto de diez puntos suscrito al acceder al Parlament; por último, Iglesias aspira a jugar a nivel estatal y de la UE con un contrato del que, a día de hoy, poco o nada sabemos que no sean declaraciones de intenciones (claro que aún es pronto para saber qué ofrecerá a sus potenciales electores).

Ahora, como en el 15M, el problema del desconocimiento de la política persiste. Décadas de despolitización no han pasado en balde y las reacciones a algunos de los (torpes) gestos políticos de los notables de movimiento que se están mudando a otras modalidades de agencia política están provocando la ira de la ciberplebe en no menor medida que el aplauso del “popolo della televisione”, feliz de ver que aparecen iconos susceptibles de comunicar en las codificaciones que reclaman.

Lo interesante —hoy como en el 15M— no está en los lenguajes obsoletos, sino en las tensiones de estos con el acontecimiento; con la forma en que resuelven o no —digámoslo con Maquiavelo— el tumulto de la ciudad en una buena ley republicana. Si en lugar de criticar las innúmeras imperfecciones de los nombres propios nos centrásemos en la institucionalidad que podría canalizar este síntoma inequívoco de la quiebra del régimen, quizá tengamos una oportunidad del máximo valor para evitar que la cooptación, tan cara en la Transición, se acabe llevando a cabo como otra “acomodación de élites”.

Criticar el narcisismo o el personalismo de Pablo Iglesias, como su clasismo, machismo, industralismo y tantos otros “-ismos” eventuales, es una crítica que no afecta al régimen, sino que lo refuerza; que no ataca al espectáculo, al gobierno representativo o a los imaginarios televisivos. Es confundir las ágoras del 15M con hacer de claque en un plató de televisión. Y dice más, en rigor, de quien critica que del criticado. La pregunta difícil y la crítica más dura no vendrá de ahí, sino de evaluar los mecanismos institucionales de que se doten quienes disponen de un nombre público para rendir cuentas de su actividad.