Raimundo Viejo Viñas

Autor, profesor, editor, teórico, ciudadano activo, papá y mucho más.

May

07

Nota 20 ¿Nuevo pluralismo, nueva ley electoral?


Las cuestiones de la ley electoral son cuestiones de reparto del poder. Así definía Dieter Nohlen el problema electoral. Esa reflexión sigue plenamente vigente, por lo que en la actualidad el problema se plantea en los términos mismos de la capacidad del régimen del 78 para digerir las alternativas que se le han presentado en los últimos tiempos.

Desde 2011 y el inicio del fin del bipartidismo a manos del 15M, el sistema de partidos ha reflejado un incremento de todos los indicadores de crisis: volatilidad electoral, fragmentación, número efectivo de partidos, etc. La doble cuestión que se plantea en este contexto es si (1) se trata tan solo de un periodo de turbulencias tras el cual será restituido el viejo equilibrio bipartidista atemperado por fuerzas de centro-derecha nacionalistas (PNV, post-CiU, etc.), a la manera en que funcionó el régimen del 78 durante sus primeras décadas, o si perdura la inestabilidad de los alineamientos en los años por venir sin que se acabe de estabilizar un nuevo sistema de partidos oscilando a cada poco el peso político de cada partido; y en este caso (2) si se va a acabar operando algún cambio en el marco legal que permita rearticular y conferir estabilidad al pluralismo emergente.

La participación institucionalizada

El régimen político en España no dispone de un abanico de participación ciudadana directa tan amplio como el de otros países. Sin llegar al extremo de casos en los que el régimen político puede ser considerado incluso como una «democracia semidirecta» (id est, Suiza), lo cierto es que la democracia del régimen del 78 todavía tiene un largo camino por recorrer favoreciendo y fortaleciendo la participación directa. Mientras tanto, como veremos más adelante, la participación directa de la ciudadanía, más allá de las formas consultivas de aquiescencia con las políticas públicas dichas «participativas», seguirá operando entre los estrechos márgenes de la partiipación institucionalizada (en lo fundamental los procesos electorales) y la política contenciosa (política no institucionalizada en el régimen).

En este sentido es importante no perder de vista que un régimen político democrático precisa de una participación no contestada a fin de mantener su legitimidad. dicho en otras palabras: la participación institucionalizada no padece efectos considerables por una desafección que no encuentre canales de participación. Sobre esta base se ha confiado el diseño de políticas públicas y formas de hacer durante mucho tiempo, mientras el régimen estaba consolidado. Sin embargo, con la apertura de un horizonte de crisis tras el 15M, la situación cambia radicalmente. La persistencia en el ajuste de mayorías suficientes para un policy-making que no atendía a la participación ya no es viable. Desde el 15M han emergido nuevos partidos políticos capaces de canalizar institucionalizadamente el descontento y se han alterado viejos equilibrios.

El sistema de partidos: turbulencias o mutación

Tras la repetición de elecciones en 2019, en 2020 el sistema de partidos dista mucho de encontrarse en el camino de la recuperación de los equilibrios anteriores al 15M. Con un sistema de cinco partidos de ámbito territorial estatal (PSOE, PP, Vox, UP y Cs), a pesar de cierta recuperación del bipartidismo que se haya podido registrar, sigue siendo un terreno inestable. Así se ha demostrado esta misma semana, al modificarse, con motivo de la prórroga del estado de alarma, los alineamientos políticos de la investidura y la moción de censura (generándose una mayoría alternativa que prescinde de ERC e incorpora a Cs sin por ello perder a PNV ni ponerse BNG y Bildu a la contra).

Por si esto fuera poco, por vez primera, tras las últimas elecciones generales contamos con un ejecutivo de coalición a nivel del gobierno central. Aunque todavía es pronto para evaluar el impacto que esto puede suponer sobre la alteración de las reglas de juego electorales, lo cierto es que se produce con ello una alteración de las prácticas institucionales en la que podría empezar a pensarse en la apertura de algún tipo de debate acerca de cómo reconfigurar la ley electoral de suerte que se asegurase una mayor estabilidad al sistema político.

Cabe preguntarse, por tanto, si estamos ante una mutación del sistema de partidos y, por ende, del régimen mismo, o si, por el contrario, el bipartidismo solo está sentado esperando, como dice el proverbio chino, a ver pasar por delante de casa el cadáver de su enemigo (id est, los partidos políticos nacidos tras la crisis institucional de 2011). Queda por ver si en ausencia de consensos políticos de gran coalición (PSOE/PP), el bipartidismo puede recomponerse o si por el contrario los dos grandes partidos del régimen del 78 empezarán a plantearse la alteración de las reglas de juego a fin de no perder una cierta preminencia históricamente consolidada.

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